miércoles, 13 de mayo de 2009

Javier Rizzo

Los panales de Témpolis

La mañana en que llegamos parecía más una tarde bañada por la agrupación de nubes. Mi amigo Costacurta sugirió el departamento aislado entre las calles lujosas y húmedas de Ciudad Satélite, para llevar a cabo nuestro propósito. Pensó que el clima nos regalaría alguna experiencia sin duda. Lo juzgamos como el lugar ideal para que yo dejara de ver sólo el principio y el final de los acontecimientos en mi vida.
—Ahora, te toca ser alguien normal, dijo. Finalmente conocerás las cosas que has dejado escapar desde que comenzó tu padecimiento.
Costacurta quiso retarme nuevamente y sacó de su cartera una tarjeta en blanco donde anotó el número de su consultorio. Apenas la puso en mi mano y nos sorprendió ver desvanecidos los últimos tres números. Costacurta en ocasiones debía aborrecerme como su paciente; su amistad y cercanía hacía mí implicaba que el tiempo suyo también corriera a velocidades exorbitantes. Ambos quisimos entender qué pudo haber ocurrido en cuestión de segundos para ver derretidos los tres números.
—Para comprender tu problema temporal, dijo Costacurta, puedo imaginar el fluir angustiante de una cascada. Es evidente cómo se te ha negado ver gota por gota como cualquier humano percibe acontecimiento por acontecimiento.
Costacurta frotó el frío de sus manos y prometió colaborar más. Que yo lograra conocer los tres últimos números de la tarjeta sería la prueba de mi recuperación. Le repetí que el hecho de padecer de «brechas temporales» no era precisamente una enfermedad.
Cruzamos a la acera de enfrente para ver desde lejos el conjunto de apartamentos semejantes a las celdas que las abejas construyen para sus propios panales. Los nombramos Panales de Témpolis, haciendo honor a la calle donde se encontraban.

La mañana en que llegamos parecía más una tarde bañada por la agrupación de nubes. Costacurta me palmeó la espalda, afirmando que no conocer desde luego algunas «brechas» sería ventajoso.
—Solamente piensa en los numerosos judíos que pudieron pasar desapercibido el proceso de su holocausto. Algunos terroristas quizá se vieron sobre una camilla en Guantánamo sin haber experimentado las infames torturas. Costacurta notó la acidez de sus comentarios y optó por escucharme cuando le dije que si ignorábamos los problemas sociales, éstos no podrían ser corregidos en el futuro, y si hay algo cruel en esta vida, es la indiferencia hacia los momentos importantes que llevan a uno al arrepentimiento. Las únicas coincidencias que nos dejaban seguir el proyecto con éxito eran, uno: a la tarjeta que me entregó se le habían borrado los últimos tres números y yo debía conocerlos y, dos: la estrategia para detener el tiempo tendría éxito cuando yo permaneciera aislado en el departamento de enfrente, pues era mejor opción después de nuestro fracaso en el periférico de la ciudad. La tortuosa espera en el anillo capitalino a las dos de la tarde provocó el estrés necesario para conseguir la detención del tiempo. Pero cuando el éxito parecía avecinarse, un hombre notó el comportamiento inusual del conductor del auto contiguo, sin saber que su generosidad estaba por interrumpir el proceso.

Por la densidad de las nubes, la mañana en que llegamos se sentía como una tarde. Decidimos subir al departamento. Encontramos un salón grande que nos obligó a preguntarnos qué pudo haber sido antes este lugar. Costacurta opinó que para él se trataba de un salón de sesiones fotográficas con moda puramente francesa.
—Aquí, unas chicas pálidas y extradelgadas iniciaban las sesiones artísticas, con el rostro inmutable ante los flashazos que iban al ritmo de una música búlgara o la melodía de algún instrumento tailandés, para después autoalabarse en cualquier revista superficial.
Esta vez la acidez en Costacurta era más aceptable y fue lo que me animó a asegurarle que en este lugar yo detendría el tiempo. Me palmeó la mejilla y brindamos con nuestras cervezas. Después se llevó las botellas, una caja de cartón abandonada, y quitó los focos del techo para que yo evitara toda distracción al permanecer encerrado por lo menos durante tres meses, asistido cada dos días de alimentos y algún cambio de ropa. Estuve convencido del plan cuando me contó que un conocido suyo que provenía de Bratislava, había terminado con su prometida, sin darle explicación alguna. Retirado en los Montes Cárpatos, sufrió, día y noche, la necesidad de volver con ella. Tanta fue su agonía que el tiempo, desde su percepción, llegó a lentitudes extremas; su reloj casi se paralizó, y finalmente, tuvo delante de él todas las «brechas» que había vivido sin saberlo. El mismo propósito yo debía correr, entre cuatro paredes blancas, exentas de ventanas por las que pudiera uno desear nuevamente la esperanza.
—Aquí sufrirás, me dijo Costacurta, la sensación de lentitud en cantidades trágicas y suicidas, como ocurrió con aquel conocido. Pero en el último instante de tu frustración podrás ver el tiempo detenido, eternizado, créemelo, es la única manera de recuperar una vida normal.
Anhelé que oscurecieran los días y transité hambriento las noches, sufriendo baños de agua helada, sin una voz o una mirada que se compadecieran de mi condición. Al cumplirse el día noventa de encierro pensé en comerme una hormiga que cruzaba el surco divisor entre un mosaico del otro. Por fortuna, lo que impidió tal acto fue el momento en que creí ver la cantidad de hexágonos pegajosos invadiendo el cuarto. Observando cada uno de ellos pude interpretar las «brechas temporales» que revelaron los eventos que no imaginé haber vivido. En el hexágono de la esquina superior derecha se manifestó un acontecimiento sorprendente. Era Costacurta entregándome la tarjeta; era el instante en que yo la tomaba, y después de mirar el número la oculté de la lluvia que se había desatado durante esa mañana. Quise correr bajo una cornisa pero él propuso que disfrutáramos el momento. Pateamos charcos de agua que nos empaparon, y las risas se confundieron con el claxon de un auto que también contribuyó en nuestro baño urbano. Tiritando llegamos a la tienda de la esquina y compramos un par de cervezas para brindar por el proyecto en puerta.
—Quién viera tus técnicas terapéuticas, le dije a Costacurta con el rostro insólito. Dime, ¿Qué médico se atrevería a tomar tan absurdo proceso para recuperar la felicidad en su paciente después de saltar bajo la lluvia con él?

Los nombramos Panales de Témpolis haciendo honor a la calle donde se encontraban. Durante horas caminamos, admirando la zona residencial, los autos de lujo sobre las calles ondeantes, y después, dos hombres nos invitaron a jugar en un campo de golf hasta quedar secos de la lluvia. Cayendo la tarde (que más se parecía a la mañana en que llegamos) regresamos a la misma acera frente al departamento abandonado. De pie, ante mi amigo, saqué la tarjeta que contenía su número; los tres últimos dígitos estaban corridos a causa del agua. Aquel ilusorio panal se desvaneció ante mí y reaccioné como si hubiera despertado de una sesión hipnótica. La pequeña hormiga apenas saldría del surco que separaba los dos mosaicos. Un gozo con sabor a almíbar me dio el valor para tumbar a patadas la puerta del departamento y correr a la tienda de la esquina. Me facilitaron un teléfono y marqué el número ahora memorizado. Del otro lado, la voz de Costacurta sonaba tal vez igual de placentera que la mía. Inesperadamente, dijo que en realidad se trataba de una prueba de aislamiento de la cual aprendería a valorar los detalles de la existencia, pero le aseguré que los panales existían, y aun deseaba ver, una por una, el resto de mis celdas inadvertidas. Antes de cortar la llamada le pedí fuera cada dos días para llevarme comida, algún cambio de ropa y que, esta vez asegurara mejor la puerta.

Del libro:
El otoño come su hoja.
Laura Cardona
Martha Eugenia Colunga
Luis Cuevas
Ma. Teresa Figueroa Damián
Cecilia Magaña
Javier Rizzo.
México, 2009

No hay comentarios: