A las ocho se sirve la cena
A las ocho llega tu suegra, lleva al niño, tienes que cargarlo aunque los restos de tu adicción se sientan todavía en las caderas… vas a servir la cena, entrarás a tu casa dejando las llaves en la mesa; pero tienes que levantarte… mueve un brazo, intenta con una pierna… levántate Luisa; tal vez son las seis de la tarde, el portazo que dio todavía te sacude los oídos… mírate, boca abajo sobre el tapete sucio con el trasero desnudo y ajado en el suelo polvoriento y ennegrecido, envuelta en este olor a sal y humo de cigarro que flota alrededor, nauseabundo. El cuarto era el mejor de todos, te cobraron cincuenta pesos más, probablemente por este espejo manchado de la pared, la ventana de madera con sus bisagras oxidadas y el derecho a ocultarte de la ciudad, en este rincón donde el tránsito es sigiloso, las luces pardas y la mercancía que se exhibe es ambulante. Tus ropas parecen estranguladas, las rodillas te duelen con el suelo frío, bajo la cama los encajes rosas, la niña de la tienda te los modeló, se puso las bragas con las manos sobre la ropa, tenía unas coletas en el cabello y disfraz de colegiala «así te las van a quitar» dijo llevándose la prenda hasta los dientes.
Los brazos te tiemblan y las piernas responden titubeantes, sabes que se derrumbarán si te pones de pie, quieren llorarte los ojitos… no digas que no lo sabías, la voz lo delataba por la mañana «hace un chingo que no cogemos» lo escuchaste decir, sintiendo el frío de las cloacas en verano, con el celular en la oreja en medio de tus amigas, hablaban de sus maridos, sus hijos y de las muñecas antiguas exhibidas en la vitrina del lugar, esos juguetes perfectos con los que nadie juega, desayunando, como cada miércoles, y tu ahí fingiendo la parsimonia de las esposas pensando que tal vez hoy sería diferente.
Si tan solo levantaras un brazo, pero no puedes, no pudiste ni la primera vez que lo conociste cuando sin darte tiempo de cerrar la puerta del taxi preguntó «¿a dónde?» sudabas a pesar del frío, «¿a dónde?» repitió viéndote por el retrovisor sin parpadear, tenía los ojos tristes de los depredadores, y los dientes carcomidos de los niños que crecen en barrios pobres, persiguiendo a las señoras para que les den un peso. Mordía la base de la cajetilla de cigarros, sin ningún parpadeo, la perforó, sacó uno y se lo llevó a la boca; el semáforo estaba en verde y él se detuvo, el taxímetro tenía que avanzar «a Insurgentes y Reforma» le contestaste, acababas de dar la conferencia esa, donde dices «Es responsabilidad inherente del ser humano defender, a costa de lo que sea, a los desvalidos, a los que no tienen voz, a los que necesitan ser protegidos…» esperaste, dejaron de aplaudir «rescatemos a los perros».
Te acomodabas el escote cuando él veía, ¿creías que sería como los demás?, un cuarto, un rato, algo de dinero y ya. Rodolfo no es así, él te llevó al hotel, se bajó del taxi y te esperó en la habitación hasta que pagaras, entraste irónica, dispuesta, experta, los tacones pisaban fuerte, volteaste con discreción y él se quitaba la camisa, un golpe a vinagre te invadió y después un empujón, el piso en la cara, las lijas de sus manos sobre tu piel tratada, el aliento añejo de parrandas, los golpes, las mordidas, las palabras de socorro en el oído «todas son iguales, les gusta que las maltrate, son putas que se regalan» y tu más que nunca temblando. Esa primera vez serviste como siempre a las ocho la cena, con tu sonrisa estúpida en la cara, viendo de frente a tu marido.
Ahora ya te levantaste, recoge tu ropa del suelo, tu bolsa y la cartera con las fotografías de la familia, retoca el maquillaje, acomódate el cabello, acelera, queda poco tiempo, pero no te angusties, que no hubo un beso de despedida, probablemente mañana te llame, quizás mañana te busque y lo veas de nuevo y tal vez, tal vez mañana sea diferente.
Del libro:
El otoño come su hoja.
Laura Cardona
Martha Eugenia Colunga
Luis Cuevas
Ma. Teresa Figueroa Damián
Cecilia Magaña
Javier Rizzo.
México, 2009
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