miércoles, 13 de mayo de 2009

Ma. Teresa Figueroa Damián

Judea en vivo

Pero si usté fue el de la idea, padre. Para semana santa siempre habíamos hecho las tres caidas. Eso de Judea no me latió desde un principio. Judea seguro que por los judas. En las tres caidas Judas nomás salía cuando se horcaba, pa’qué queremos más, con tantos Judas que andan en la calle. Los chamacos aplaudían del gusto que les daba ver al Celso amarrado del cuello con un mecate, sacando tamaña lengua. Ya sabe que al que le toca ese triste papel queda salado para todo el año, pero a Celso, que es pura chacota, no le cala: «si me toca la sal se la echo a la cerveza» y a las grandes risas, ni quién diga nada. Luego el sábado era la pura risión con la quema de los monos que hacen de judas. ¿de onde sale usté que hora ya no se ha de quemar al presidente municipal o a al entrenador de la selección?
¡Padre, ya ni la chifla! ¿Cuándo cree que voy a terminar quinientos rosarios? ¿Cuántos le puso al Ra-món? Mire, desde que usté me escogió pa’nazareno, a ese güey le vi los ojotes vidriosos de coraje. ¿No se le hace que son muchos quinientos rosarios? yo no hice mas que lo que cualquier hombre que los tenga en su lugar hubiera hecho. Todo fue culpa del méndigo ese y de la Yeni que también anduvo de pizpireta: justo cuando usté me puso que no volteara a ver a las viejas, ella pasaba con sus pantalones a la cadera bien retrincados, mientras su pendejo haciendo ayunos y penitencias.
¿Qué usté no vió al Ramón jijo de la chintrola, dándose la gran vida? empinándose cuanta caguama quería, total, un centurión qué tiene que perder. Cuando yo llegaba a la tienda a comprarme mi pepsi, él empezaba a hacer burlas, que ya viene el santo, que al cabo que pa’que lluvia si ni paraguas, mirando de reojo a la Yeni.
Sí padre, cierto que las muchachas del catecismo me mandaban capirotada: «pa’que te alivianes el ayuno» y algo se me bajaba el coraje, pero padre ¿onde va a comparar a las catequistas con la chamaca de la tienda? Sí pues, también las de la adoración nocturna casi se arrodillan cuando me probaron la túnica, como si de veras fueran Marta y María, mientras yo bien chiviado nomás miraba las sandalias que me hizo Casimiro. A la Yeni no le caía el veinte de que la buena suerte iba a alcanzar hasta para ella. Cuántas bilis me tragué cuando la miraba despachando los birotes y a las risitas con los chistes del Ramón. Nomás espérate a que termine la cuaresma desgraciado, pensaba por dentro.

¿Se acuerda como el muy perro en la primera junta luego, luego dijo: «Que Tanilo sea el Cirineo»? Tanilo está bien trasijado, qué me iba a ayudar con la cargada. Al drede que lo dijo el recabrón. Y después que qué tal que la corona se hiciera de alambre de púas, acuérdese que entonces sí usté dijo que le parara, que eso ya era un esexo. Pos cómo no, si con la corona disimulada todavía me duele, fígúrese con una de púas. Y todo para que usté me salga ahora con el chingo de rosarios y la descomunión.
No padre, si nomás participé por darle gusto a la jefa, ya ve cómo se le rasaron los ojos cuando lo supo: «¡Tanto que le rogué a la Virgen que te escogieran!» No me lo tome a mal padre, pero yo no estaba tan contento: eso de no tomarse ni un farolazo el sábado, y de morderse la lengua pa no andar de mal averiguado 40 días... pero lo pior: cómo le iba a explicar a Yeni eso que dijo usté de la astinencia de la carne.
¿Quiere más castigo? Haga cuenta que ya hice penitencia: no sólo la astinencia mentada. Después, la fregadera del lavatorio. Dizque se les hizo tarde, dizque cortaron el agua, la cosa es que los apóstoles llegaron con las patas más chorriadas que su madre y la túnica toda charpiada de lodo. Cuando les reclamé contestaron que «esto era más que un pariencia, que el lavatorio bueno lo hizo el señor cura anoche». Pos ni modo, a limpiarlos con un trapo. Luego a mi compadre el Pilatos se le va olvidando eso de que «para mi este hombre es inocente» y yo parado en el sol esperando que dijera algo, mientras que mi compadre nomás pelaba los ojos a ver si alguien le soplaba. A la otra y manda crucificar a Barrabás...
Haiga visto cómo me cucaba el Remión: ¡Vengan a ver al hechicero, pasen a ver al embaucador! el muy faceto daba de latigazos en la banqueta sacando el pecho, muy girito porque al casco le ensartó unas plumas y los guaraches se los pintó con mixtión de plátano. Echándosela el muy güey como si de a de veras fuera policía. ¿Vio cómo le hizo punta a su lanza de palo?
Y luego, de pura fregadera que toca la primera caida mero en frente de la tienda, no, pues me agüité un resto. El Tanilo no dio ni tres pasos cuando se fue de hocico con todo y la cruz.
Padre, la pura verdá, cuando el cieguito dijo eso de «veo, madre, veo», los vecinos ya estaba asoliados y aburridos, ya ve la de tolvanera que hizo. Nomás no se regresaron a su casa por no ofenderlo a usté. Y a mí que aguanté todo es al que va a castigar. No le digo que fue por causas de Ramón.
¡Maldito Ramón jijo diuna! con lo bien que me había salido el «con su matun es», cuando este méndigo en vez de pegarle a la bolsita de anilina como usté dijo, me va dando en las verijas: «¡Ya me chingastes, pinche ojete!», «¡Pos seguro que te lo mereces!», «¡Bájenme de aquí pa’ darle en su madre!», «¡A ver quién te baja, pendejo!». Los apóstoles que se le van encima al mono ese, la bola de centuriones que los atajan, yo nomás veía como se tiraban de madrazos, todos contra todos. José de Arimatea en vez de desamarrarme bajó a Dimas, el Gestas y yo tratábamos de aventar patadas y de ahí, hasta que llegó el Sr. Cura echando pestes: nos ha puesto una bailada a nosotros, a los mirones y hasta usté salió tiznado. Entonces la descomunión y los rosarios y estos indios que no se les quita lo hereje.
Me da pena por usté y por Crucita que no pudo hacer la lloradera ¡tanto que había ensayado! Pero con todo y el desgarriate de la lanzada, ¿a poco no le dió gusto cuando las muchachas de la congregación dijeron que hora sí estuvieron buenas las tres caidas?



Nota:
Este relato está escrito en base a la narración oral
que hacía mi abuelo Luis Figueroa Cervantes,
quien siempre aclaraba: y esto pasó, pasó en Tlapehuala.


Del libro:
El otoño come su hoja.
Laura Cardona
Martha Eugenia Colunga
Luis Cuevas
Ma. Teresa Figueroa Damián
Cecilia Magaña
Javier Rizzo.
México, 2009

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