miércoles, 20 de mayo de 2009

Martha Eugenia Colunga Bernal

SIN ALIENTO


Lo siento, ¿Tienes un chicle o una menta?, le pregunta Ramiro al despachador de gasolina, antes de bajarse de su coche y tratando de taparse la boca con las pocas hilachas que quedaban de su viejísima bufanda azul.

Ya estaba cansado. ¿Cuántas veces más tendría que recorrer la misma vieja carretera hasta la Barranca de Huentitán? ¡Y, pa’cabarla —se lamentaba en voz alta—, cada vez está más cara la gasolina. Esto ya no es negocio.
— ¿Y qué vas a hacer al respecto?, ¿vas a renunciar, a dejarnos aquí, a medio camino? La ronca voz que venía del asiento trasero lo hizo brincar. Ajustando el espejo retrovisor, trató de identificar la cara del hombre que le hablaba, pero las luces altas del camión que venía atrás lo deslumbraban. Era lo malo de tener un coche tan viejo, sin las comodidades modernas de los nuevos que traían espejos anti reflejantes y estéreo; necesitaba ambas cosas ya que, como nunca manejaba de día y tampoco era seguro que se aparecieran pasajeros con quienes platicar las noches que salía, por lo general se aburría mucho.
—Pues no, claro, tampoco —le respondió, subiéndose el cierre de su chamarra hasta el cuello—. Todavía no junto lo suficiente para comprar mi coche nuevo. Me gustaría tener un Mustang último modelo, un 2000, negro… le voy a poner rines de magnesio, voy a subir las llantas de atrás, le voy a poner su spoiler y…
— ¡No, no friegues! —lo interrumpió otra voz que, aunque parecía de alguien más joven, no dejaba de ser igual de ronca que la anterior—. ¿Te vas a deshacer de esta maravilla? ¡Pero si es un clásico, hombre! Ahorita vale una fortuna. ¿Cuántos Ford Fairlane Galaxie 500 crees que quedan en Guadalajara; sobre todo así, como tú traes éste, enterito, con todo original?, ¿Qué año es: 50, 52?
Ramiro suspiró profunda y ruidosamente, al tiempo que bajaba el vidrio para aspirar la brisa fresca. Le irritaba tener clientes como estos, que se las daban de conocedores. Aunque, cuando le tocaban, trataba de ser paciente y tolerante. Después de todo, aunque no estaban ahí porque él lo quisiera, ya que su trabajo se limitaba únicamente a recogerlos de donde le ordenaban y llevarlos a la Barranca; pensaba que era su responsabilidad hacerles el viaje lo más placentero posible. Prendió su Marlboro sin ofrecerles ni preguntar si les molestaba el humo.
— 51. Lo tenemos desde nuevo. Mi padre me lo heredó junto con el negocio. A mi no me gusta. ¡Además, me cuesta un huevo mantenerlo como está! Pero, ni modo, mientras siga trabajando en esto lo tengo que conservar… ya sabes, por la cajuela. En los carros nuevos no cabe ni un enano.

— ¡Futa, madre; no manches, Ramiro! —le responde el despachador abanicándose la cara con ambas manos— ¡Háblame de ladito, güey y mejor quédate en el coche! ¿Por qué no te compras tus propios chicles, cabrón? Cada vez que vienes es lo mismo… ¡traes un pinche aliento a muerto que no se aguanta!



Guadalajara, Jal. 1 de mayo del 2009.
Martha Eugenia Colunga Bernal.

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